Las (E) lecciones de Morel por José Gregorio Rodríguez

Estoy convencido que el proceso de mega elecciones regionales y municipales del pasado 21 de noviembre está lleno de enseñanzas para todos los participantes.

En su legítimo derecho y obligación de preservar el orden constitucional, el presidente Nicolás Maduro y su gobierno, han hecho todo lo necesario para devolver la paz a la república, persuadiendo a la dirección política opositora que el único camino posible en Venezuela para dirimir la controversia por el poder político; es el constitucional, democrático y electoral.

No ha sido nada fácil desde que en enero del 2019 la Asamblea Nacional, decidió “romper el hilo constitucional” y proclamar un gobierno interino o de transición, como originalmente se denominó la entelequia política que, con el apoyo, patrocinio y reconocimiento del gobierno de los EEUU de Norteamérica y sus aliados en Suramérica y Europa, irrumpió en el escenario político dirigida por el entonces presidente de la Asamblea Nacional, Juan Guaidó, proclamando el mantra: “Cese a la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres”.

Mucha agua ha corrido bajo el puente desde ese momento. Casi tres años de aplicación, profundización y ampliación de la cobertura de un paquete de medidas coercitivas unilaterales (MCU), especialmente en lo económico y petrolero, dispuestas a asfixiar al máximo la vida cotidiana de los venezolanos, provocando el padecimiento de penurias y limitaciones nunca antes imaginadas por la gente.

Apostaron “topo a todo” a que el pueblo no resistiría la situación, y se produciría un estallido social que provocaría un pronunciamiento militar que depusiera el gobierno de Maduro.

No es el caso recordar las penurias, limitaciones y el sufrimiento que tal situación ha causado en la familia venezolana, la cual desesperada por la crisis y alentada por una campaña mediática internacional sin precedentes, promovió la migración de millones de compatriotas a otras tierras, en la búsqueda de un mejor porvenir para los suyos.

Son muy pocas las familias que no tienen una historia que contar sobre este drama humano que hemos vivido.

Sin embargo, los venezolanos somos gente de bien; recursivos, valientes y emprendedores, que hemos sacado lo mejor de nosotros para “aguantar el chaparrón” y reinventarnos frente a la adversidad. De bellas y valientes historias está llena la crónica de quienes decidieron quedarse y aprovechar la situación para labrarse una oportunidad. Muchos de ellos, vale decir, con el aporte y solidaridad de “sus migrantes”.

Dudo mucho que los nacionales de algún otro país en el mundo hayan soportado tamaño acoso y en un tiempo relativamente corto han comenzado a recuperarse, como lo estamos haciendo nosotros.

No es mi intención abundar en detalles sobre la historia que nos trajo hasta estos días de culminación exitosa del proceso de reinstitucionalización que registra la república en lo que a la renovación de los poderes públicos ejecutivo y legislativo, regional y municipalmente logramos el pasado 21 de noviembre, pero es menester recordar un episodio que se me antoja clave en este proceso.

Se trata del acontecimiento que el 16 de septiembre del 2019, poco tiempo después que por iniciativa de Guaidó y sus seguidores culminaron abruptamente las negociaciones que con la facilitación del Reino de Noruega se realizaron en Barbados; protagonizaron el gobierno del presidente Maduro y una parte de la oposición, encabezada por Claudio Fermín, Timoteo Zambrano, Felipe Mujica, Henry Falcón y Javier Bertucci, quienes instalaron en la Casa Amarilla de la cancillería, la mesa de diálogo de “donde vienen estos lodos”.

Fueron satanizados, estigmatizados, ridiculizados hasta la saciedad, pero su aporte a la construcción de los tiempos de esperanza en el futuro que hoy vivimos es de incuestionable significación.

El TSJ designó un nuevo CNE para convocar y organizar las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre del 2020. Se eligió la nueva Asamblea Nacional (AN) y se instaló en el lapso previsto por la constitución nacional.

La nueva AN por primera vez en más de tres lustros designó un nuevo Consejo Nacional (CNE), que convocó las megaeleccciones regionales y municipales del pasado 21 de noviembre y ahora estamos aquí evaluando esa justa electoral a la luz de los resultados y de los retos que se le presentan a las nuevas autoridades locales y estadales.

Luego vinieron las negociaciones en México, con uno de los sectores más extremistas de la oposición nacional, la gente del G4. El CNE les legalizó la tarjeta de la MUD, con «manitas y todo», y creyeron que “el mandado estaba hecho”. Hasta los más recalcitrantes fueron candidatos a alcaldes y gobernadores.

Como quiera que el caso que mejor conozco es el que viví de primera mano en Nueva Esparta, me propongo en varias entregas, expresar mis opiniones sobre cómo se desarrollaron los acontecimientos que desembocaron en el triunfo político electoral del gobernador Morel Rodríguez Ávila y de la mayoría de sus candidatos a las alcaldías, consejo legislativo y concejos municipales de esta región.

Estoy convencido que la victoria de Morel Rodríguez, es el triunfo de la política por sobre la improvisación y el aventurerismo, fue labrada gracias al esfuerzo de un numeroso grupo de gente que liderada por él candidato, ante el estruendoso fracaso del gobernador saliente Alfredo Díaz, en lugar de adoptar una actitud de resignación y desesperanza respaldó decididamente la candidatura de un hombre que desde la calle se impuso en el sentimiento de la mayoría de los pueblos de estas islas.

La gestión del gobernador saliente Alfredo Díaz, transcurrió en el tiempo entre desaciertos y omisiones, marchas y contramarchas, derrotas y más derrotas. Desde hace mucho tiempo estaba claro, excepto para él y sus más cercanos adulantes, que no tenía ninguna posibilidad de reelegirse. Finalmente se impuso la soberbia y la prepotencia política y allí están las consecuencias.

Desde que Morel Rodríguez anunció en enero de este año su aspiración de ser nuevamente gobernador, asumió el liderazgo en todas las encuestas de opinión, las cuales, en la medida que íbamos conociendo, compartimos con nuestros lectores.

Desde las primeras de cambio se posicionó en el primer lugar de la preferencia del pueblo neoespartano hasta que alcanzó el 40% y algo más, para nunca ceder espacio, ante el candidato del gobierno nacional y tampoco frente al aspirante a la reelección.

El caso de Morel Rodríguez, merece un concienzudo y profundo análisis. En algún momento fue apoyado por la MUD y finalmente materializó el apoyo de la Alianza Democrática y de la emergente Fuerza Vecinal, que se constituyó en la primera fuerza de oposición en Nueva Esparta.

En ningún momento cedió espacios en la preferencia de los electores, lo cual me hace suponer que la figura del personaje se impuso por sobre la nomenclatura partidista.

Sin duda esta situación merece un análisis particular, especial. Estamos frente a un caso de excepcionales condiciones políticas que invita a la reflexión del espectro opositor venezolano.

No es cualquier cosa lo que sucedió en Nueva Esparta. Definitivamente se impuso la política. Quizá la dirigencia opositora venezolana tenga algo que aprender de las (e) lecciones que les acaba de ofrecer Morel Rodríguez.

JoséGregorioRodríguez/Jotaerre577@gmail.com

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