Cincinato por Ángel Ciro Guerrero

En la antigua Roma, la de los Césares, que legó al mundo tanta historia, desarrollo y lujo, riqueza y hambre, poderío y leyes, cultura y desamparo, guerra, conquista y sufrimiento; entre emperadores desquiciados unos, brutos otros, crueles la mayoría, destacó uno solo, Cincinato, por demócrata, por culto, inteligente y probado gobernante para quien la paz estuvo siempre de primera en la larga lista de lo que constituyeron sus diversos mandatos a los cuales le llevó el pueblo que conformaba el formidable e inmenso imperio.

También se había destacado en el campo de batalla, necesaria darla de a continuo en esos tiempos para reafirmar el dominio, pero como estratega al que los legionarios y centuriones obedecían con mucha fe y confianza en la victoria, entre ellas respetar en todo lo posible a la población civil. Y si bien la espada dominaba, sin embargo, los rendidos eran igualmente protegidos a la hora de la otra confrontación, la de la reparación. Así, la imagen de este hombre se fue dimensionando hasta convertirse en verdadero líder y una comprobada gestión de beneficio real para la ciudadanía y el imperio. No sólo ganaba espacio en el corazón romano sino en el de los pueblos conquistados, dada la acción de buen gobierno que sin pérdida de tiempo implementa.

Lo suyo no era aquello de tierra arrasada. Por el contrario, disponía lo necesario para que el otro ejército, el de los civiles, protagonizan la verdadera gran batalla, la de la reconstrucción, la sumatoria de voluntades para el rápido encuentro de la paz sobre la base del mejoramiento colectivo de los pueblos que iban agrandando el cada vez más gigantesco imperio romano.

Vitoreado en todos los escenarios como un héroe, respetado como un hombre decente, eficaz y honesto en sus actuaciones, comedido en su mensaje y para nada impetuoso y sí muy sincero, Cincinato fue tenido como líder de la provincia romana que, triunfo tras triunfo, le llevó al Senado donde, como era de esperarse, llegó con equipaje inigualable de sabiduría y respaldo popular. Roma, sin duda alguna, le debía que la paz en la vasta geografía imperial, pero una paz fundamentada en el progreso de los pueblos, se reitera, que Cincinato, el soldado conquistase, pero igualmente donde Cincinato, el civilista, el estadista, el visionario, dejaba su impronta de ciudadano preocupado por el mejoramiento social y económico de los pobladores en la casi mitad del mundo de entonces conquistada.

El mandatario del Pueblo, le llamaban, concretó muchos programas que llevaron felicidad a la gente, convertidos en abrir y mejorar caminos y, al lado de la monumentalidad de los edificios públicos que se construían, asimismo se levantaban otros muy bien dirigidos al mejoramiento social; planes para el crecimiento económico de ese entonces en las ciudades conquistadas y las que se iban levantando, con la regularización del intercambio comercial por ejemplo, Mucho tuvo que ver Cincinato con el florecimiento de las artes, igualmente. Pero, pasa la Historia Universal por haber sido el único en su tiempo y circunstancia que salvó al imperio en cada ocasión que era de cualquier modo amenazado.

Cincinato, para nada dado a lo fatuo, desprovisto de toda clase de oropeles y ya retirado del Senado se refugiaba en su casa en el campo, donde se iba a sembrar porque procedía de familia muy campesina, que de este modo se ganaba el sustento. Allí acudían los mensajeros senatoriales obedeciendo los designios del pueblo de Roma, para que regresara al gobierno, pusiese orden en todo sentido y restaurar el progreso que algún mal gobernante, por su inexperiencia, desidia o brutalidad había dejado perder. Cincinato, que consideraba su deber acatar la solicitud popular, asumió el mando y procedió a enderezar toda clase de entuertos. Júbilo, reconocimiento, respeto y aplausos era el pago recibido.

De nuevo reactivado su proceso de crecimiento integral, los romanos de todo el imperio, agradecidos por el magnífico trabajo de Cincinato, en quien sí creían y a quién si respetaban y daban crédito de gran gobernante, a su alrededor se mancomunan todos para agradecer la tarea cumplida. El líder de la democracia romana, por así decirlo, bien hecha su tarea, otra vez regresaba a su finca en solitario. Hasta que en la capital o en la provincia alguien se alzaba pretendiendo el poder. Entonces, Cincinato era de nuevo urgido por la mayoría para rescatar, en fin, para salvar a Roma….

AngelCiroGuerrero

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