Invocación Vs. Misticismo por Ana Cecilia Guerrero

Hilos de amor para nuestro cuarto Beato.

“La fe mueve montañas”, frase trillada, pero que al parecer tiene sentido, sobre todo, cuando evocamos el nombre del “Siervo de Dios”, José Gregorio Hernández, a cambio de que nos brinde una protección sobre-natural, alivie nuestro espíritu, y, en fin, nos de el sosiego requerido diariamente por nuestro cuerpo físico.

Podríamos preguntarnos por qué esta pequeña reflexión es tan recurrente en el grueso de la población colombo-venezolana, pero sencillamente esta incógnita no tendría respuesta alguna. Nadie. Ningún creyente o fiel devoto del Dr. JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ (1864 -1919) imagina siguiera, por qué un ser humano de bien como de hecho lo fue; tan auténtico, tan desprendido de lo material, tan creyente de la bondad y tan abnegado a su misterio de fe y de esperanza, haya podido transfigurarse -después de su fallecimiento- hasta alcanzar su verdadera plenitud espiritual, logrando con ello, transmitir a sus fervientes devotos, un apostolado sembrado con amor y afianzado en la fe que hoy, después de un largo recorrido, le permiten ocupar el corazón de media humanidad.

Y si una afirmación tiene cabida aquí, para afianzar nuestra humilde reflexión, es que la devoción manifiesta por los feligreses y/o creyentes en nuestro recién designado BEATO, se ha tornado casi en “una relación personal”, de hermandad y sobrado amor. Por tanto, valga reafirmar que el “Médico de los Pobres, discipulo aventajado (UCV) del sabio alemán Adolf Ernst, recorrió muchos kilómetros a lo largo y fuera de Venezuela, con el único afán de cumplir la Misión Cristiana que le fuese encomendada: ocupar un sitial privilegiado en el más allá, para bendecir eternamente a sus hijos y dispensarles aquellas soluciones que seguramente aún conserva “con mucho celo” en el maletín que le obsequiaron el día de su graduación como médico y que su inseparable hermana menor, María Isolina del Carmen, le ordenaba con esmero, antes de que el “Médico de los Pobres” recorriera la ciudad capital para llevar consuelo y aliviar el dolor físico de sus más fervientes seguidores.

Pero esa fuerza sanadora que tanto le caracterizaba y de la cual sus familiares, amigos, vecinos, colegas y discípulos más cercanos, se sentían profundamente orgullosos, se desvaneció un fatídico día de junio de 1919, cuando nuestro insigne BEATO fue ingratamente sorprendido y arrollado estrepitosamente por un vehículo conducido por un chofer de nombre Fernando Bustamante, ocasionándole fractura de la base del cráneo, y con ello, la muerte de manera instantánea

AnaCeciliaGuerrero

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