No perdamos la fe ni la esperanza. Vendrán tiempos nuevos y mejores, por Morel Rodríguez Ávila  

Es lo que esperamos, porque nos lo merecemos todos los venezolanos a quienes la irresponsabilidad de los actuales gobernantes le han ocasionado tanto sufrimiento palpable en una crisis terrible que nos ha golpeado en lo social y económico, enredando mucho más la ya larga madeja de la política. Una crisis, la peor y mayor de todas las que, a la fecha, haya vivido la república, que nos sitúa, lamentablemente, en los últimos lugares de las naciones más pobres de la tierra. Una crisis que Venezuela no merecía y de la cual no fuimos culpables, salvo que se le cobre a una buena parte del pueblo, el grave error de haber escuchado el canto de sirenas y de haber sido víctima de encantadores de serpientes y burlado por mesías enfebrecidos por las ansias de poder y de improvisados a quienes les quedó grande el manejo del país, porque no sabían -y todavía en propiedad no lo han aprendido-, cómo administrarlo. De ahí derivó el desastre en el que todos estamos inmersos. Una crisis que avergüenza y de la cual se culpa a quienes no piensan como piensan los verdaderos responsables que la historia reciente misma los identifica y adjudica, aunque huyan hacia adelante.

El año que muere, lo reiteramos, fue malo, terrible, peligroso. El gobierno no pegó ninguna de sus medidas. Sencillamente porque en Miraflores sólo se reciben las propuestas que vienen del cada vez más cerrado círculo de fanatizados que, en línea recta con sus colegas de La Habana, planifican, proponen e imponen la visión comunista, fallida en todo, de cómo debe ser la economía roja; del qué hacer para convertir también en roja la sociedad venezolana. Es decir, el dominio ideológico total. Quien quiera discutirlo debe estar ciego porque no ve lo que a diario ocurre; sordo porque, igual al gobierno, no escucha los gritos del pueblo reclamando. El que sostenga que es mentira lo que a diario ocurre, mejor que permanezca mudo porque lo vencería el ruido de la protesta. Sobran las pruebas. En cada sector las quejas son incontables. Todas reflejan la angustia, el desespero y la frustración de quienes tienen en sus manos producir lo poco que en el país se pueda producir, que es casi nada, porque el gobierno todo lo importa, negocios aparte. Los líderes, del agro, la cría y la industria, así lo reflejan en sus informes anuales. Cifras que evidencian las más crudas realidades: un campo abandonado, cientos de fincas y haciendas paralizadas; tiendas, negocios y fábricas con sus santamarías abajo. Para colmo de males, Pdvsa en vía de quiebra y las empresas básicas en situación de inaceptable desmerecimiento. Ese es el cuadro real de la Venezuela de hoy en día que, en el año por cerrarse, bien lo testimonia la flecha, de color roja, por cierto, atravesando el gráfico que visualiza la verdad. Una flecha que no sube sino desciende, hasta bien abajo.

Bien, el 2020 ya es pasado, con su carga negativa en todo sentido, sin detenernos en cuanto al covid-19 se refiere. Uno, porque nadie sabe a ciencia cierta, qué ocurrirá finalmente a causa de la pandemia y, dos, porque nadie sabe si confiar o no en lo que en contra del coronavirus dice y hace el gobierno. El año 2021, que lo recibiremos sin el caluroso y tradicional abrazo dado el temor al contagio, sin embargo, lo anhelamos provisorio; lo deseamos del todo positivo. Apostamos a que así sea. Creemos que, si el gobierno se enrumba, busca otra clase de brújula, que no sea la impuesta por Fidel, acerada por Raúl y ratificada por Díaz Canel, el milagro puede ocurrir. Desde luego, tomando en cuenta a todos los factores; aceptando que han cometido errores y convenciendo que los corregirá, y dando el primer paso hacia el entendimiento, que debe estar dirigido a gobernar con amplitud, con respeto a la constitución, a la dignidad de quienes puedan ser sus circunstanciales adversarios; a no pretender el dominio ni la centralización de todo. Entender que el totalitarismo es malo, que no genera buenos dividendos; que la democracia es la que desean los venezolanos, y no el comunismo como sistema de gobierno; intención que disimulan denominándolo socialismo, humanismo, chavismo, cuando está abiertamente comprobado que su deseo final es implantar, a como dé lugar, el marxismo.

He dicho en otros escritos que no debemos perder ni la fe ni la esperanza. Hoy, en mi último artículo del año 2020, ratifico mi deseo porque el 2021 lo sepamos aprovechar, gobernantes y gobernados, convirtiéndolo en escenario para duplicar el esfuerzo que nos lleve a la recuperación nacional. No perdamos, pues, ni la fe ni la esperanza. Venezuela superará las dificultades, porque vendrán tiempos nuevos y mejores.

Vaya, finalmente, mi sincero saludo a los margariteños y cochenses. Por igual a quienes han hecho suya la tierra insular.

 

 

Notiespartano

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