In memoriam Mauro, lanza en ristre que defendió verdades, por Ángel Ciro Guerrero

Estaba entre los grandes, pero con su modestia de hombre bueno ocultaba la grandeza de pensamiento, de accionar decente y provechoso, de defensor activo siempre de los desvalidos, a los que se les niega sus derechos.

Hizo del Periodismo el instrumento mayor para concretar sus propósitos que le determinaron un camino, le animaba su búsqueda de claros horizontes y lo graduó de figura.

De palabra fina que se le escuchaba pronunciar con voz queda, sí, pero tenía mucha fuerza, resonancia, inteligencia, agudeza.

Alegraba escucharle como profesor de la decencia, salvador del castellano que en él tuvo al mejor cultor.

Maestro, sin duda, educó, enseñó, formó a muchos comunicadores que hoy andan por estas tierras altas y frías buscando hechos para convertirlos en noticias que llenarán los libros donde se atesoran para mañana la historia de hoy.

Pluma formal, clara. Jamás vulgar, mentirosa, ofensiva en su escribir. Certeza en el análisis. Igual en el tratamiento dado al tema que diseccionaba con precisión de artesano que esculpe la madera para tallar la verdad de lo que afirmaba; lo responsable ante la seriedad y gravedad de la denuncia, la exigencia del reconocimiento al justo, al merecedor. La defensa, en suma, de la dignidad.

En su mirada veíamos el sendero que nos marcaba y en sus manos aprendíamos a construir el mundo.

Cuántas veces le buscamos para contar y recontar historias y preguntarle una y miles de veces sobre el fin último; de si el mundo de verdad era ancho y ajeno como el mundo de Ciro Alegría; del porqué muchos siguen creyendo que la tierra es el único planeta con vida parecida o diferente a la nuestra; provocarlo hablar del Descubrimiento y de los extraños secretos del Navegante y sus tres carabelas; el mismo que cometió el primer gran robo en América, al mentir que había sido él y no Rodrigo de Triana, el que divisó tierra, todo por cobrar los maravedíes que Isabel, la reina, había prometido.

Es que Mauro, ¿quién se atreve a desmentirme? era un libro abierto, un hombre-crónica, un personaje clave en la Mérida culta del último medio siglo; un hombre pequeño de estatura, pero gigante en todo lo que hacía, representaba y protagonizaba.

De los que tienen en el corazón espacio siempre para albergar paz y amor, no odio ni rabia.

Fue, hay que decirlo, un constructor de hechos nobles.

Sus amigos de siempre, en todas las clases de una sociedad civil tan extraña como la de aquí, pueden rendir testimonio de mis afirmaciones, de las mil y una que sobre el Mauro muerto puedo decir que fui testigo de cuando el Mauro vivo vivía su vida sin rencores contra nadie, siempre con un libro en la mano, siempre con un consejo para el que lo necesitaba.

No era un taumaturgo, sencillamente actuaba reflexivo y conocía situaciones de alma que muchos con alma desconocen y otros, los que parecieran no tenerla, por ahí andan buscándola

Un Mauro que hará mucha falta, porque se fue, así lo grito, una columna principal de las pocas que aún quedan sosteniendo la verdadera y exacta merideñidad.

Conocía de política, hacía política y detestaba a los que emplean la política siempre a su favor y no del colectivo. Creía en un Socialismo honesto, puro, sincero, de razones, no de imposiciones.

Lo predicaba, a veces en el desierto, pero se le atendía y se le entendía, porque hablar con él de comunismo era interiorizar en la historia de los hombres que convirtieron el marxismo en ideología buena.

Por eso detestaba a los que lo habían desviado y convertido en ideología mala, porque para imponerlo se apoyaron en toda clase de excesos.

Nuestro Mauro camarada, militante de primera línea en la vanguardia, comandaba sueños con todo orgullo de los que están dispuestos al combate, aunque no puedan regresar.

Confiaba también en que la democracia llegaría finalmente a convertirse en alternativa y no desconocía, por el contrario, al reconocerle éxitos y lamentar sus fracasos, que la democracia corría por las venas de los venezolanos.

Él asumía que, con el tiempo, marxistas y demócratas, de corazón, no circunstanciales, agiotistas disfrazados de revolucionarios, terminarían fraternos, entrelazados por una sola causa: Venezuela.

¿Quijote? quizás. Pero, ¿quién puede desmentir que los sueños de los soñadores como Mauro y de los que con Mauro aprendimos a soñar, algún día podrán ser posibles?

El Mauro periodista merece que se le escriba su historia; que nuestro Colegio Nacional, en su Sección Mérida, le rinda el homenaje merecido; que se abra, en su honor, alguna Sala en donde los viejos colegas enseñen a los nuevos colegas el otro Periodismo, el Periodismo de alma, no el de hoy en día desprovisto de ella, peligrosa y abiertamente deshumanizado. Un periodismo casi para nada comprometido con el verdadero Periodismo, a pasos apenas de dejar de serlo; un periodismo a punto de instituirse en simple modo de difundir noticias. No por la necesidad y urgencia que demanda el conocimiento del suceso, sino incentivada la noble tarea por el triste fin de lo crematístico y no de un sentimiento de autenticidad fielmente construido.

De allí que los Mauro Dávila seguirán siendo indispensables, necesarios, insustituibles para que el ejercicio de nuestra profesión recobre su altura de antes en estos tiempos de tanta injusticia, de tanto desaliento, de tanta venta de conciencias, de tanta vergüenza.

De Mauro recordaremos todo.

La suya fue una lanza siempre en ristre para defender verdades.

Un día se lo dije, -Alfredo Aguilar es mi mejor testigo- y sonriente, me dijo: “No, Ángel Ciro. El papel de Don Alonso Quijano, me queda grande y, fíjate, yo soy muy pequeño y nada flaco”.

Bueno, le respondí: Entonces, Sancho, y ahí me tranco.

Mauro, volvió a mirarme y sentenció:

“Tampoco. Además de ser el mejor escudero, era mucho más inteligente que su señor, el caballero de la triste figura…”.

Pensé en Juan, el Bautista predicando solo, pero no me atreví a decirlo; creí verlo como un Gandhi, por su apego al pacifismo, pero callé.

Es que Mauro escondía su grandeza con la humildad más humilde del mundo.

Y, ahora que se fue, con su libro bajo el brazo, puedo gritarlo a los cuatro vientos, y hasta pelear con quien trate de acallar mi sentimiento.


Por Ángel Ciro Guerrero

 

 

 

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