Después de la tormenta ¿nos llegará la calma?, por Morel Rodríguez Ávila

Quiera el Señor Todopoderoso que la ciencia, cuanto antes, ponga fin a la pandemia. El terrible mal por el cual está muriendo mucha gente alrededor del mundo, debe llamarnos a cada uno de nosotros a profundas reflexiones. Es lo lógico esperar, sobre lo que nos ocurre. Hacernos entrar en razón sobre el indispensable y urgente cambio de conducta de la Humanidad, es un compromiso que obligatoriamente debemos contraer hacia el inmediato futuro con el planeta en que vivimos.

No es un juego lo que ocurre. Es una advertencia. Convertida en virus letal, la pandemia ataca en cualquier parte porque está diseminada en el aire. La responsabilidad de cada quien es procurar en lo máximo posible protegerse, cumpliendo de manera estricta las medidas y recomendaciones que la Organización Mundial de la Salud ha impuesto.

Y confiar en que prontamente de algún laboratorio de cualquiera de las grandes potencias, esta vez para garantizar la vida y no para fabricar armas tan letales como el coronavirus, trabaje con la prisa que la situación demanda e invente, pruebe, fabrique y distribuya cuanto antes, la pastilla o vacuna salvadora.

Entre las reflexiones, un ineludible reto que debemos contraer, resalta el ponernos a pensar qué hacer a favor de nuestro planeta tan herido, golpeado, fracturado por quienes antes que verdaderos ciudadanos -que son los que en realidad lo quieren-, nos comportamos como perjudiciales habitantes –expoliándolo irreflexivamente día a día- en desesperante y enfermiza carrera hacia su destrucción.

Flora y fauna arrasadas por los buscadores de oro, diamantes y los variados minerales estratégicos, contaminando fuentes; destruyendo millones de hectáreas en nuestros ya escasos pulmones vegetales, sin importar que el medio ambiente se deteriore y muera.

Pero también la alocada competencia entre los poderosos gobiernos del globo que, mintiéndole a su gente a la que afirman estarse armando para la paz, producen armas químicas como la que en estos tiempos tristes, de miedo, angustia y pandemia está matando gente a velocidad espantosa.

Reflexionar, y mucho, en esta cuarentena sobre cómo podemos ayudar a preservar lo que nos queda de planeta, de vida y de esperanza; sobre cuál será la herencia que los de hoy dejaremos a los que vendrán mañana, no es una tarea fácil, se sabe. Especialmente cuando la falta de buena educación, desde el hogar, lleva a un niño no bien formado a una escuela en donde poca ayuda encuentra,  y si acaso va al liceo tampoco porque los padres, sus maestros y sus profesores no fueron lo suficientemente responsables para inculcarle que al planeta se le destruye no sólo con un misil de ojiva nuclear sino, metro a metro, inundando nuestras casas, nuestras calles, nuestro país de toda clase de basura; depositando las aguas negras en los riachuelos, en los ríos, en la mar; desforestando e incendiando la selva para que la maquinaria pesada abra la carretera por donde la avaricia del hombre, con el cuento del “progreso”, viajará destruyendo todo.

Y lo más grave, que en esas reflexiones, no nos escondamos la verdad sino procurar decírnosla en cuanto a que, si seguimos como vamos, las sociedades en que actuamos se demolerán igualmente.

De seguir actuando de este modo pernicioso, teniendo como bases la maldad, la desidia, las desigualdades, la afrenta, la envidia, la voracidad de afanes, que no reportan sino dañosa, cada vez se ensanchará la brecha que nos impide encontrar los indispensables beneficios.

Defendiendo la moral y las buenas costumbres, aunque pocos lo quieran reconocer, estaremos haciendo otro tanto a favor de la debida mancomunidad, la urgente convivencia y el respeto. Por eso la pregunta: Después de la tormenta, ¿realmente nos llegará la calma?

@MorelRodriguezA

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